Desarrollar la innovación educativa

Para poder desarrollar una innovación educativa, es fundamental formarse correctamente. Sin embargo, la formación, por sí misma, no produce innovación. Hay una serie de factores que lo dificultan. La motivación juega un papel crucial en la superación de diversas barreras que pueden surgir.

Durante los últimos 4 cursos vengo impartiendo formación para el profesorado en la Comunidad Autónoma de Aragón, a través de charlas, seminarios, talleres… Las temáticas han sido flipped classroom, TIC y también sesiones sobre didáctica multigrado. En este tiempo, he llegado a comprender algunas cuestiones relativas al binomio formación-motivación.

Como punto de partida, es destacable la diferencia entre el número de docentes que quieren formarse; y aquellos que verdaderamente introducen algún cambio en su práctica diaria. En Aragón existe un programa de formación, que encadena tres sesiones de formación sobre un aspecto metodológico. Se combina una sesión teórica, una puesta en común, para resolver dudas tras la aplicación en el aula; y otra puesta en común, en la que se visibilicen buenas prácticas. La estadística muestra que las sesiones teóricas suelen estar abarrotadas (pese a ser en sábado). No obstante, muchas veces las otras sesiones, no llegan a celebrarse por falta de interesados. Algo falla. El camino se interrumpe en algún punto. Personalmente, con el paso del tiempo, he ido descubriendo algunos motivos.

En primer lugar, los docentes queremos que nos muestren cosas concretas, que nos permitan visualizar cómo aplicar eso en nuestras clases. Ver propuestas e imaginarnos haciéndolo, nos motiva. Sin embargo, es necesario partir de una base teórica que justifique pedagógicamente esa propuesta. De lo contrario, se corre el riesgo de generar unos bonitos fuegos de artificio pedagógico. No obstante, la teoría, si sobrecarga, desmotiva. En definitiva, como formadores, debemos encontrar el equilibrio, entre los argumentos teóricos y los ejemplos prácticos. Dotar de contenido teórico a la práctica y conseguir que la teoría sea lo más amena posible. De este modo, nuestros compañeros sentirán una mayor seguridad a la hora de incluir algunas innovaciones. No serán castillos en el aire, ni propuestas alejadas de la realidad del aula.

Un segundo aspecto tiene que ver con los centros educativos como nidos de innovación. Durante estos años he comprobado cómo la propuesta cala de forma más profunda, cuando en sesiones de formación, ha participado el equipo directivo. La promoción institucional es clave en este sentido. La inseguridad que surge al sentirse solo, en la aplicación de alguna innovación, puede provocar que cesemos en nuestro intento por cambiar algunas prácticas. Por este motivo, además de la motivación endógena, debe existir un componente motivador externo, que nazca de los propios centros, como equipo, como claustro.

Otra cuestión sobre la que se debe reflexionar, al promover la innovación educativa, es el contexto. Es necesario adaptar las propuestas a la situación específica de los centros. Es fantástico generar y promocionar dinámicas, en las que cada alumno, dispone de un equipo informático. Sabemos que se pueden hacer maravillas. Sin embargo, la realidad de muchos de los centros, dista mucho de esa situación. Percibir lo propuesto como una utopía, desmotiva. Al crear sesiones de formación, se ha de analizar para quién estamos hablando. Al pretender desarrollar un proyecto innovador, se ha de analizar el contexto educativo. De lo contrario, es poco probable que algo de lo dicho, llegue finalmente al aula.

Por otro lado, la neurociencia lleva tiempo demostrando lo obvio: sin motivación, no hay aprendizaje significativo. Para que los docentes quieran innovar, deben “sentir” la propuesta. Por ello, como formadores, debemos transmitir emoción. Podemos mostrar proyectos maravillosos, difundir las bondades de tal o cual metodología, bombardear con una enorme amalgama de herramientas TIC… Sin embargo, si no conectamos con nuestros compañeros; si no conseguimos que les “pique el gusanillo”; si al salir de una sesión de formación, no sienten una ganas irrefrenables de ponerse a buscar información, sobre lo que les acabamos de contar…todo será en balde.

Ahora bien, además de una correcta formación permanente y una profunda motivación, es necesaria una labor de difusión de buenas prácticas. Ahí es donde podemos jugar todos, tanto los que imparten formación, como los que no. Todos tenemos actividades o proyectos estrella. Todos podemos cosas que aportar a la educación. Repito, todos. Por eso, es necesario que nuestras aulas dejen de ser lugares misteriosos, cual caverna platónica, en las que muchas veces nos encerramos, sin conocer lo que están haciendo en las respectivas cuevas de al lado. La innovación puede estar produciéndose en la sala contigua. Por ello, en nuestros centros, debemos promover puestas en común, en las que cada uno aporte su pequeño grano. De tú a tú, sin las relaciones jerárquicas que asumimos en las sesiones de formación, pese a que quien habla, probablemente sea compañero de profesión.

Al recomendar dichas innovaciones, suele producirse un pequeño error. No se trata de añadir compañeros a la causa propia. No hay una única causa. En la educación no hay un único camino. De modo que se trata de enriquecer y enriquecerse. Mutuamente. Compartiendo el saber y construyendo conjuntamente, propuestas innovadoras que combinen los saberes compartidos por los miembros de los claustros, tanto reales como virtuales. Ampliemos nuestra paleta de colores, para que luego podamos elegir el adecuado, en cada momento.

Finalmente, hay que tratar de erradicar varios miedos, que tradicionalmente acompañan a nuestra profesión. El miedo a no cubrir el currículo. Miedo a no acabar el libro. Miedo al qué dirán las familias. El convencimiento pedagógico propio, sustentado en unos conocimientos teórico-prácticos, supone la base para comprender que se puede desarrollar procesos de enseñanza-aprendizaje, que alejados de propuestas metodológicas arcaicas, favorezcan una educación de calidad. Iniciativas que permitan a nuestro alumnado alcanzar los objetivos marcados por ley y en la que, tanto ellos como sus familias, sean partícipes activos y no meros asistentes pasivos. Su participación, como miembros importantes de la propuesta innovadora, nos ayudará a superar momentos de desaliento. Ya no estaremos solos, estaremos formados, motivados, acompañados y respaldados.

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